Según
algunas referencias históricas, Catalina Laza fue una gran aficionada
a los perros, en su casa había siempre varios ejemplares. Aunque no existe
constatación documental alguna, es considerada por muchos la primera
criadora de Bichones Habaneros
Esta
es su historia
Una
Historia de Amor en La Habana
El primer divorcio
y una de las casas más lindas de Cuba, se deben a una pasión escandalosa
que los prejuicios no pudieron aplacar.
"Hasta que la muerte nos separe"... Se escurrió el susurro
entre los caprichos del viento y las hojas perdidas cuando, al pie de la supuesta
tumba de Romeo y Julieta, en Italia, los cubanos Catalina y Juan Pedro se juraron
amor para siempre a muy poco de haber nacido este siglo.
No se habían podido casar. Salieron juntos de Cuba; ella, odiada o admirada
en silencio por la alta aristocracia habanera; él, más fuerte
para soportar los desprecios sociales y redescubrir la felicidad después
de haber enviudado. Ambos llenos de sueños. Y perseguidos porque Catalina
era acusada del delito de bigamia. En Cuba se habían quedado sus hijos
y su primer esposo que no le concedió la libertad para que se uniera
al hombre que amaba.
El esposo, que quizás la hubiera dejado irse un poco más en paz,
mandó a levantar a la dama un expediente judicial, atizado por su familia
y los prejuicios de la época. Con la ley de por medio, se inflamaba una
de las historias más escandalosas y tiernas, de la cual no perdió
un solo detalle la alta sociedad habanera.
El amor comenzó en uno de los grandes salones de la aristocracia cubana.
En un deslumbrante festín, la mirada de Catalina Laza encontró
los ojos del caballero Juan Pedro Baró, uno de los principales hacendados
de la Isla. El prefirió no reparar en que Catalina era casada. Se quedó
mirando toda la noche a aquella criatura descrita por la prensa de su época
como "una maga halagadora", ganadora de concursos de belleza en 1902
y 1904, admirada por sus ojos redondos y azules y por su cuerpo de contornos
demasiado hermosos. Los dos cubanos sostuvieron un diálogo corto y protocolar,
pero desbordado de ternura.
Catalina empezó a sentirse inquieta, algo había deshecho al aparente
equilibrio de su sólido matrimonio.
Como solo saben hacer los buenos amantes, Catalina y Juan Pedro se vieron sin
que nadie lo supiera. Pero sin esperar mucho, desesperados, quisieron hacer
público su amor. Catalina se atrevió a pedir a su esposo Luis
Estévez Abreu, hijo del primer Vicepresidente de la República,
la disolución del matrimonio. No fue escuchada y se fue con Juan Pedro
a vivir grandes alegrías, pero también momentos muy dolorosos.
LA SOLEDAD EN EL TEATRO
Se cuenta que los enamorados asistieron a una obra de estreno en un teatro de
la ciudad. Catalina no soltaba la mano de Juan Pedro. Al entrar al recinto,
todos los presentes, uno por uno, se pusieron de pie y se fueron retirando de
la función en tono de agravio a la sinceridad de la pareja. Los actores
miraban desde el escenario la triste imagen de un hombre acariciando en la penumbra
los cabellos de una mujer que solo hacía llorar. Entonces actuaron para
Catalina y Juan Pedro como si el teatro estuviera lleno. Ella, agradecida, al
terminar la función se desprendió de todas las joyas valiosas
que llevaba puestas y las lanzó al escenario.
REFUGIO
EN EUROPA
Tuvieron que abandonar la Isla con destino a Francia. Aunque extrañaban
la luz y los colores de La Habana, el familiar ambiente de París ambos,
por distintas razones, habían vivido varios años en la Ciudad
Luz, les aliviaba del viaje que había resultado tácitamente un
destierro.
A pesar de que Catalina no era todavía libre de su anterior matrimonio,
los amantes se casaron por las leyes francesas. Necesitados de comprensión
y apoyo, viajaron a Italia. La fuerza del amor les hizo traspasar los umbrales
del Vaticano. Y allí contaron de sus tristezas al Santo Pontífice.
La máxima autoridad católica los bendijo, y dispuso la disolución
del matrimonio de Catalina con Luis Estévez Abreu. Posiblemente, ninguna
otra pareja del mundo haya recibido ese gesto tan conmovedor y solidario.
En 1917, el Presidente de la República de Cuba Raúl Menocal firmaba
la Ley del Divorcio. Ese mismo año es registrada oficialmente la separación
de Catalina de su primer esposo. Los amantes pudieron regresar a La Habana.
UN PALACIO DE AMOR
En 1919, al costado de una estrecha calle del Vedado que ahora conocemos como
la Avenida de Paseo, empezó a levantarse un singular palacete inspirado,
en sus formas exteriores, en el estilo del Renacimiento italiano. Los cimientos
eran enormes, y los transeúntes se preguntaban para quién era
tanto derroche. La respuesta era un misterio que solo Juan Pedro conocía.
La construcción, que marcaba un punto de giro en la arquitectura cubana
moderna, constituía un nuevo y duradero desafío para la aristocracia.
El secreto develó quince días antes de inaugurarse la mansión
en 1926: la dueña era Catalina.
Dos jóvenes y talentosos arquitectos Evelio Govantes y Félix Cavarroca,
considerados como el dúo clásico de la arquitectura moderna de
La Habana, habían sido los proyectistas de la obra. Habían adoptado
tempranamente el art-decó conocido por primera vez en una exposición
de París en 1925. La casa fue la primera de ese estilo en Cuba.
El urbanista francés Jean Forestier, quien entonces era encargado de
la dirección de obras públicas de la ciudad y proyectara los jardines
del Paseo del Prado, había diseñado el jardín de la casa,
de estilo italiano y acorde con la fachada hecha de muros, columnas y rejas
que parecían eternas.
La cristalería de la casa llegó desde Francia. Se dice que la
arena usada en los revestimientos se trajo desde las orillas del Nilo. Con maderas
preciosas se hicieron las grandes estanterías y los muebles que el hijo
primogénito de Catalina diseñó. Por dentro, gran parte
del palacete se hizo en mármol amarillo, el color preferido de Catalina.
Imponente, en espiral y adornada con vitrales franceses, se levantó la
escalera que daba paso a los dormitorios, separados, de los dueños.
El día de la inauguración toda la entrada estaba cubierta de tulipanes
importados. En las invitaciones destinadas a la misma aristocracia que años
atrás se había ofendido con el amor de Catalina y Juan Pedro,
se anunciaron los regalos que todos recibirían: pinturas de famosos artistas
del momento.
Un fino regalo que llega hasta nuestros días, le hizo Juan Pedro a Catalina.
Sembró en los jardines de la casa una rosa única, nacida de un
injerto hecho por floricultores habaneros del jardín El Fénix,
y bautizada con el nombre de la enamorada. Similar a esa rosa de pétalos
anchos y bordes puntiagudos, amarilla como la soñó Catalina, pudo
lograrse una mucho tiempo después.
DULCE LECHO
Solo cuatro años duró la felicidad. La salud de Catalina se fue
desvaneciendo entre las lujosas paredes del palacete. El se la llevó
a Francia. Ella murió el 3 de diciembre de 1930, entre los brazos de
su esposo.
El cuerpo de Catalina, embalsamado, llegó a Cuba en el vapor francés
Meñique. Primero el esposo la enterró en una bóveda provisional
mientras terminaban el panteón familiar, ubicado en el mismo centro de
la Necrópolis, en la avenida Cristóbal Colón. La voluntad
de Juan Pedro era costosa: la parcela sobre la cual nacería el panteón,
ascendía a casi 2 000 pesos en oro. El costo de la construcción
de la eterna morada de Catalina, fue del medio millón de pesos.
Al interior del panteón, de mármoles blanquísimos, entra
todas las mañanas la luz a través de cristales franceses que conforman
un encaje de rosas. En la entrada, dos ángeles a relieve sobre puertas
de granito negro suplican paz para el alma de los enamorados.
Juan Pedro murió a diez años de haber enviudado. En 1940 fue clausurado
el panteón de una manera inusual: sobre Catalina y Juan Pedro, se fundieron
losas de hormigón in situ para que nadie pudiera profanar las tumbas.
Se cuenta que él se hizo enterrar de pie para cuidar eternamente el sueño
de su amada. La tumba nunca más se abrió.
La casa que Pedro le regaló a Catalina, hoy es la Casa
de la Amistad, ubicada en Paseo nº 406 en La Habana.
Publicado
en el Periódico digital El
Habanero el 1 de Junio de 2001