l inicio de la colonización
española en Cuba, a partir del siglo XV, lleva a la isla dos tipos de colonos,
los granjeros, principalmente de la isla de Tenerife, y los segundos
llamados así a los segundos hijos de familias aristocráticas que partían en
busca de nuevas empresas para acrecentar sus fortunas. Tenerife seguía siendo
uno de los únicos puertos abiertos a Cuba para el comercio, debido a las restricciones
impuestas en sus colonias por España. Los diarios de a bordo de naves que llegaron
a Cuba a principios del siglo XVI, revelan que estos primeros colonos
llevaban consigo a sus perros, la lógica nos lleva a pensar eran los perros
de moda en Europa: el Maltés, el Barbet o su variedad española, el perro
de Tenerife, (antepasados comunes de la familia Bichón), que fueron aceptados
rápidamente por las familias más acomodadas del país. El perro faldero era considerado
signo de refinamiento, y rápidamente invade el entorno familiar de la
colonia.
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Blanquito de la Habana
omo
resultado natural, el perro, al igual que otras muchas cosas que adopta el cubano,
también va adquiriendo un sello particular, transformándose, atendiendo a condiciones
de clima, alimentación y consanguinidad determinando un perro diferente a sus
primos los europeos. Este nuevo can fue bautizada con el nombre de Blanquito
de la Habana, debido a su color enteramente blanco.
Es difícil tener la absoluta certeza de cómo pudo ser el Blanquito de la Habana, desde el punto de vista de su morfología externa, pero testimonios de la época lo describen como ".......el perrito Habanero (Canis Vellerosus) que existe en La Habana es más pequeño que el anterior (se refiere al Maltés) y se halla cubierto de una especie de vellón largo, rizado, blanco, satinado o sedoso. Los individuos que se han traído de Europa no pudieron resistir por mucho tiempo el cambio de clima".